Edición 635: Revolución en la constitución.

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Mi comentario de la semana

Al compañero Presidente. En vísperas de la Asamblea Nacional Constituyente, en la cual soy aspirante por el sector social rotulada mi candidatura con el número 74, he decidido escribirle algunas de las reflexiones que me he hecho en estos días, acerca del presente proceso político.

A pesar de las reacciones de mis lectores (opositores), quienes manifiestan su decepción por haberme postulado, argumentando que pierdo la credibilidad como periodista, debo decir que me satisfecho de contarme entre quienes pueden conformar la próxima Asamblea Nacional Constituyente. Por ello hago votos que estos comicios del próximo domingo sean una categórica democrática, de la que podamos describir como otra de las manifestaciones de mayor aprecio por la libertad.

Deseo que esta Constituyente sea un resplandor de confianza para la Venezuela que no supera la miseria, la Venezuela sin razón para que exista, tal cual la describe una letra del juglar Ali Primera. Se trata de millones de venezolanos que aún (a pesar de 18 años de revolución) continúan siendo víctimas de la arbitrariedad de una sociedad que pareciera no encontrar el camino hacia nuestra única y definitiva independencia.

Pienso y sueño con una Constituyente que ponga fin a esta demorada espera por la    reivindicación social. Se trata compañero Presidente que después de más de 5 lustros nuestro pueblo vive amarrado a una dilatada miseria, que (no pongo en duda) este proceso ha tratado de combatir, pero, esa querencia está ahora bajo los cascajos de una sociedad que impide el irrumpir de la sociedad revolucionaria gracias a la improvisación que nos acompaña.

A pesar de las misiones, el pueblo sigue en su larga espera, lacerado por el peor de los analfabetismos, aquel que es el saber leer, pero, paradójicamente, no tener el conocimiento histórico de nuestra vida como país, lo cual nos hace presa fácil de todo tipo de buhonero de ilusiones. Ello ha hecho posible que el pueblo venezolano hoy constituya un arrecife inexplicablemente golpeado por la riqueza que no hemos podido en transformar en prosperidad para esta masa irredenta cuyo delito ha sido aguardar sus beneficios sin procurar ir en la búsqueda de ellos.

Compañero Presidente, sepa usted que nuestro pueblo adormece condenado en su propio suelo. No es mi intención impresionar sobre lo que ha sido un estado obsceno, pero, no se puede tapar con un dedo la obligatoriedad que tenemos todos como conciudadanos de liberarnos de la ignorancia, esa que ha permitido a los enemigos del pueblo buscar ponerse a su vanguardia (afortunadamente sin mayor éxito).

Todos nos sentimos usufructuarios de la Constitución de 1999, pero no es menos cierto que no pocas veces la hemos irrespetado. Esta Carta Magna era la promesa de que a todos nos serían resguardados los intransferibles derechos a la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad. Con respecto a este último término hay incluso un elefante burocrático, como si el bienestar pudiera depositarse en una gaveta.

Compañero Presidente, me atrevo a asegurar que el Gobierno revolucionario está en mora con la actual Constitución, y que cumplir con su mandato dependerá no sólo de la próxima Asamblea Nacional Constituyente, sino de que por fin seamos y tengamos verdaderos ciudadanos.  Porque en lugar de enaltecer a los venezolanos, la actual Carta Magna (parafraseando a Martín Luther King) ha terminado por ser un cheque  devuelto por fondos insuficientes.

¿Qué ha pasado para los venezolanos no hayamos alcanzado un nivel de calidad de vida cónsono con los ingresos que ha tenido el país? Dicen que amor con hambre no dura; sin embargo, creo que la causa del hambre que verdaderamente nos está matando está en la ausencia de la ética. No hay un sector del país que la corrupción no haya terminado de permear. Dice otro dicho: Todos los días sale un pendejo a la calle y quien lo agarre es de él. Pues bien, hemos llegado a ser una masa de pendejos fácil de ser amoldada tanto por los ladrones de cuello blanco como por los vivarachos de orilla.

Compañero Presidente, si algo me hace pensar en que la Asamblea Nacional Constituyente es el escenario impostergable para el debate, es precisamente la necesidad de restaurar la ética nacional para así encontrar la razón de la libertad y la justicia. Por todo ello es hora de no sólo fortalecer la Constitución, sino ir más allá, proponernos remozar nuestra presencia de patriotas. Venezuela no está quebrada como nos quieren hacer ver los intereses extranjeros, pero, lamentablemente, nuestra ruptura puede estar en el abandono de la moralidad pública.

Compañero Presidente, hemos llegado a una encrucijada. Por ello quiero recordarle la necesidad que tenemos de no permitir que la Asamblea Nacional Constituyente sea dejada al libre albedrío de los intereses particulares. El presente es un momento que yo diría tiene tanta o más importancia que la firma del acta de la independencia. Por ello se requiere de un acertado timonel y usted tiene la responsabilidad de asumirlo, sin que por ello pretenda un escenario obediente a sus instrucciones. La Asamblea Nacional Constituyente no puede ser un  sedante  que conduzca a aceptar los errores del Ejecutivo, por ello estamos en cumplir el compromiso de hacer realidad el mandato revolucionario, de ser consecuentes con los principios democráticos.

La Asamblea Nacional Constituyente tendrá el inaplazable compromiso de diseñar el estado de la justicia, de hacer el país orgullo de todos los venezolanos y ello pasa por erradicar la injusticia social y con ello la ignorancia. De no ocurrir así, sería el fin de un proceso social que no logró una respuesta al legítimo descontento de nuestro pueblo. Sabemos que hay factores exógenos que juegan a la inestabilidad nacional, pero, también debemos aceptar  que la improvisación y la burocracia ineficaz han sido las mejores aliadas de los elementos contrarrevolucionarios.

No se puede permitir que por los errores cometidos por la administración revolucionaria el camino quede expedito para el asalto fascista. Si volviéramos al pasado nos esperaría el más desolador de los panoramas. No habrá paz en Venezuela, porque el fascismo no garantizará los derechos de los venezolanos. Por ello la Asamblea Nacional Constituyente es la última carta que se jugará nuestra democracia para acercarnos a la justicia.

El foro de la Asamblea Nacional Constituyente no estará para aceptar actos terroristas sean del color que sean; allí debemos proteger el derecho que tenemos a transitar libremente por todo el territorio nacional, sin que estemos a merced de los paros patronales; no obstante, no debe haber ningún asomo de atropello en la toma de decisiones.

La Asamblea Nacional Constituyente tiene como exigencia crear un clima propicio para la convivencia, desterrando la pesadumbre y la malquerencia hacia donde nos han conducido los enemigos de la república. Este debe ser un escenario donde se conserven la dignidad y el orden, afianzando los poderes creadores del pueblo por encima de la violencia, abonando el camino para reconciliarnos con quienes a través de todos estos años han manifestado el escepticismo. En definitiva comprender que nuestro destino no puede ni debe ser excluyente.

Compañero Presidente, si algo me preocupa es precisamente que se repitan los errores. No hemos logrado ser revolucionarios a la hora de crear limpiamente un esquema que nos permita gobernar. Por ello, insistir en los “tubos” y en las “chuletas” es una práctica perniciosa y corrompida. Las oportunidades para engrosar la Asamblea Nacional Constituyente deben ser iguales para todos. Particularmente me llama la atención que todos los puestos salidores en las elecciones del próximo domingo sean copados por funcionarios del Gobierno, muchos de ellos enviados a competir por la sencilla razón de que no se encuentra la manera de destituirlos, y eso es muy grave. Si nos hemos hecho el juramento de marchar siempre hacia adelante, porque se insiste en volver atrás. La consigna de No volverán se queda en el papel cuanto los enemigos no lo harán físicamente, pero estarán presentes en cuerpo y alma en la conducta de la dirigencia revolucionaria. Vale decir, el fascismo está vivo y coleando en las esferas del poder.

Compañero Presidente, en lo que a mí respecta, pase lo que pase, no estaré satisfecho mientras persista la conducta que desvíe al país de la justicia. No me voy a rendir ante el desaliento. A pesar de las barreras que vislumbró para llegar ser constituyente, mi voluntad es indoblegable. Nunca jamás seré subordinado al Gobierno, pero, mucho menos acompañaré a quienes se han enrolado en la canalla fascista y criminal. Seguiré siendo un obstinado seguidor de la verdad y la transparencia.

Compañero Presidente, traigo a colación dos frases atribuidas a Maximiliano de Robespierre: la primera: El secreto de la libertad radica en educar a las personas, mientras que el secreto de la tiranía está en mantenerlos ignorantes. La segunda: Hay algunos hombres útiles, pero ninguno es imprescindible. Sólo el pueblo es inmortal. Se despide de usted, un compatriota. Miguel Salazar.

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Acerca Miguel Salazar

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