Edición 643: MPJ – Lo que pudo haber sido y no fue.

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Mi comentario de la semana

Hoy viernes 22 de septiembre se cumplen 16 años de la muerte de Marcos Pérez Jiménez, el constructor de las bases de la Venezuela moderna. Leyendo su memoria y cuenta de diciembre de 1957, me pregunto que habría sido de nuestro país si MPJ hubiera alcanzado a culminar el quinquenio 1957-1963. Indudablemente que la “democracia” puntofijista logró borrar de la memoria nacional la década de los 50. Además, el espectacular triunfo de MPJ alcanzando la senaduría por Caracas en 1968 sirvió para rasgar la cortina de hipocresía se quienes se desvelan auto proclamándose como demócratas, cuando entonces se confabularon para desconocer la voluntad popular impidiendo que MPJ entrara al Hemiciclo como senador de Caracas.

El otro mito que para mí se desvaneció fue aquel que me hizo creer que MPJ era un militar tropero e inculto. Con él estuve en Madrid sosteniendo dos largas conversaciones. Ocurrió en La Moraleja, en Madrid, durante los primeros días de enero de 1998.

A continuación transcribo algunos párrafos describiendo su derrocamiento el 23 de enero de 1958:

─ ¡Cayó el hombre! A las cuatro de la mañana de ese día la frase fue abandonando el cascarón del susurro para convertirse en un torrente, inundando los rincones de todo el país. No hizo falta la tecnología de la radio para que rebotara la conseja.

Casi una hora y 15 minutos antes, a las 2:10, el general Marcos Pérez Jiménez se encontraba presto a salir de Miraflores hacia alguna parte. Desde hacía unas horas el tableteo de las ametralladoras y el aire enrarecido por el humo de los autobuses que ardían en la avenida Sucre, se colaba por las cortinas de pesado raso rojo del palacio

 ─Busque al militar de más alta graduación que se encuentre en el Círculo Militar ─le ordenó al general Luis Llovera Páez, mientras se pasaba por la frente una toallita impregnada de colonia Atkinson.

Inmediatamente, el hombre más cercano a MPJ se comunicó con el fastuoso edificio que su jefe hizo construir para la oficialidad, y le respondieron que allí el oficial de mayor rango era el contraalmirante Wolfgang Larrazábal, quien para el momento del apuro presidencial estaba atendiendo una necesidad fisiológica. ─Que se venga ya ─sentenció Pérez Jiménez, cuando le informaron la novedad. Que se orine en el camino, pues.

Pipotes de basura y autobuses chamuscados le daban a la avenida Sucre el aspecto fantasmal que acompaña a los campos arrasados por los bombardeos. Si el general hubiese pasado por allí se habría asombrado de la fuerza del descontento.

Pero la historia fue distinta, el general no quiso arriesgarse y aguardó impaciente por Wolfgang Larrazábal, mientras en los carros oficiales esperaban Flor Chalbaud y sus dos hijas, la esposa y los hijos del general Llovera Páez, los doctores Gutiérrez Alfaro, Pérez Vivas y Soule Baldó, Fortunato Herrera, los mayores José Coa Rey y Antonio Márquez Bello.

A poca distancia de donde empezaría el periplo del general Pérez Jiménez hacia un exilio eterno, el cine Miraflores, mostraba en la penumbra en su marquesina débilmente iluminada el título, Escuela de Vagabundos, cinta protagonizada por el mexicano Pedro Infante. En la víspera los comentarios malintencionados rodaron por las calles, pero no fueron motivo suficiente para que el general, en el fin tormentoso de su gobierno, se viera seducido por la censura.

Se quedó pensativo cuando la caravana presidencial, en su paso por la avenida Táchira, frenó su marcha y a la altura de Sarría, sin las candilejas acostumbradas, el cine Guaicaipuro lucía un anuncio premonitorio: El fin del caudillo, protagonizado por John Wayne. Entonces el general acarició nerviosamente su pluma Parker 61 y recordó sus lecturas de cadete, cuando se devoraba las biografías de Bolívar y Gómez. A decir de los historiadores y analistas políticos, Marcos Pérez Jiménez no sería el último caudillo que conocería la vida republicana venezolana de este siglo.

La última prensa que hojeó el general aquellos días fue durante la mañana del 20 de enero, porque después empezaría la huelga general que cerró los talleres de impresión. El general leyó su horóscopo como pocas veces lo había hecho. Nacido un 25 de abril de 1914, bajo la batuta zodiacal de Tauro. Entonces recortó el papel y lo guardó en el bolsillo de su guerrera.

Entre mayor sea la importancia de su posición y el alcance de sus deseos, mayor el cuidado contra rivales y opositores y mayor conocimiento. Todo tiene su precio en este mundo, rezaba la exhortación astral para los tauros de ese día.

A las tres y ocho minutos de la madrugada del 23 de enero de 1958, el avión presidencial conocido como la Vaca Sagrada rasgaba la nubosidad caraqueña y separaba a sus pasajeros y tripulantes de una temperatura de 17 grados, alterada por el calor desprendido del fuego que emergía de los Telares Los Andes, allá por El Cementerio.

Antes, el 19 de enero, se había marchado la “reina del striptease”, y así lo habían participado a su clientela: a todos sus admiradores, que ha salido para el interior del país a un corto viaje de placer. En su mensaje de fin de año, el general había anunciado que durante el año 1957 su gobierno había construido obras por 2 mil 505 millones de bolívares, y advertía que en el curso de 1958 se concluirían la Siderúrgica del Orinoco, la planta hidroeléctrica del Caroní, la carretera El Dorado-Santa Elena de Uairén, el Puente sobre el Lago de Maracaibo, el edificio principal de la Zona Rental y el nuevo Hipódromo Nacional.

La oposición perdió porque siguió empleando métodos caducos en una Venezuela evolucionada y transformada positivamente, dijo al referirse a los resultados del plebiscito de días antes. Las palabras del discurso presidencial se perdieron en la soledad  de El Alí Babá, de El Patio Andaluz y El Triana Night Club, acobijadas en la nostalgia de las interpretaciones de Héctor Murga.

Eran los días del dólar a 3,35 y el kilo de mero a dos bolívares, con un salario mínimo de diez monedas de plata y El Club Paraíso tronando al son de la: Pila, pila, pilandera, que venga la Nochebuena, para comer bollitos rellenos.

“Un petardo le fracturó la tibia a Jesús Hurtado”; “Alfonzo Aguado chocó su bicicleta contra su casa y se fracturó el cráneo”, eran noticias de sucesos. Ya iba el general Marcos Pérez Jiménez, con sus casi 44 años a cuestas, rumbo a su travesía de fugitivo, y por los lados de la plaza de Capuchinos se concentraron unas tres mil personas que alborozadas se daban el feliz año, al tiempo que gritando consignas comenzaron a correr por la empinada calle que llevaba a El Obispo.

Casi simultáneamente el Palacio de Miraflores abrió sus puertas a la marejada popular; mientras el comandante Hugo Trejo y otras decenas de presos abandonaban los sótanos de la vieja casa de Misia Jacinta.

¿Sabía usted que el 24 de enero de 1958, tras la ida de Marcos Pérez Jiménez, el Partido Comunista solicitó el ingreso de dos connotados amos del valle como lo eran Eugenio Mendoza y Blas Lamberti a la junta de Gobierno? Así se constituyó la Junta de Gobierno, con el contralmirante Wolfgang Larrazábal al frente.

La sobriedad del personaje vestido de blanco contrastó en medio del hervidero de aquella fría madrugada 23 del primer mes del calendario gregoriano. El marino destilaba sonrisas y buen humor. En la calle, la Junta Patriótica estrenaba su poder popular y exigía a las turbas moderación y que se guardaran su sentimiento contra los inmigrantes. En Miraflores, Larrazábal era la pieza central en el ajedrez del otro poder. Una semana antes de la turbulencia callejera, muchos de los miembros del nuevo Gabinete habían estado en una recepción celebrada en la quinta Melek de El Paraíso, lisonjeando al general ahora derrocado.

En el preciso instante cuando Larrazábal era juramentado como nuevo Presidente, en el Santo Domingo de “Chapita” Trujillo,  MPJ volvió a pasarse por su frente una toallita empapada de Atkinson. Vino entonces a su mente la mañana del 19 de abril de 1953, cuando el Congreso lo juramentó como Presidente constitucional: ─ ¿Juráis cumplir fielmente las labores del cargo que os han encomendado? ─Lo juro. ─Si así lo hiciereis que la patria os lo premie, si no, que os lo demande.

Casi cinco años después, en la brisa de una noche dominicana y bajo los acordes de una pieza de Damirón, entró en mutis y muchas millas marinas más allá las masas recorrían las calles demandando su cabeza. Entre los escombros moría Tabarín, el prostíbulo de la esquina de Piñango, donde las argentinas que llegaron para mejorar los servicios de las criollas sudaban las sábanas con el olor característico de las rameras del arrabal. Sepultado quedó el dancing El Dominó, entre Muñoz y Solís, donde el mismo general llegó a entrar a hurtadillas para fantasear en las protuberancias de los senos más grandes conocidos en la Venezuela del Ideal Nacional. El hotel Continente, con su interminable historia de los prohombres del régimen, contadas en aventuras adulterinas, entre Marcos Parra y Solís. El Pasapoga de Las Ibarras y el hotel La Casona de Miracielos.

Guillermo García Ponce, arrastrado en la borrasca ingrata del querer ser, le gritaba a la multitud sedienta de sangre de esbirros que el general sería recordado no por sus obras sino por los asesinatos en las calles y los robos al erario público.

El 23 de enero de 1958 tuvo su epicentro dramático en las calles de la urbanización 2 de Diciembre, construida por el gobierno para erradicar los ranchos que siempre fueron un sello escondido de la capital. En el cine de los bloques la marquesina daba cuenta de la película A sangre y fuego, con Audie Murphy, a un bolívar la entrada.

Al voltear la página esas multitudes tormentosas de los días de 1958, aclamaron al general cuando volvió de alma y no de cuerpo a participar en las elecciones celebradas diez años después (diciembre de 1968).

Fuente: El último Domingo. Miguel Salazar.

 

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